Salvo honrosas excepciones, la mayoría de las campañas presidenciales a diputados, alcaldes y representantes a nivel nacional han ignorado por completo el clamor de la ciudadanía por priorizar los temas ambientales como quedara plasmado en la III Encuesta de Ciudadanía y Derechos del Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales (Cieps) el año pasado.
Según este estudio, 93.3% de las personas encuestadas consideraban que “cuidar el medioambiente” debía ser el principal criterio para ser considerado un “buen ciudadano/a”. Pese a ello, en escasos tres meses, una nueva administración presidencial y 81 administraciones alcaldicias tendrán que asumir las riendas de la gestión ambiental a nivel nacional y municipal enfrentando situaciones de larga data y complicada resolución.
Resulta difícil comprender esta paradoja a escasos meses de las masivas protestas contra la minería en noviembre pasado, la crisis del agua que ha afectado el funcionamiento del Canal de Panamá, y el desastre ambiental recurrente de emanaciones tóxicas en el principal vertedero de la ciudad capital. La distancia entre la demanda ciudadana por un mejor ambiente y el desinterés de la oferta política muestra una desconexión entre las aspiraciones de la población por vivir mejor, y la obcecación de los liderazgos políticos y empresariales por generar riquezas monetarias por encima de cualquiera otra consideración.
Esta separación solo nos puede conducir hacia escenarios de conflicto, y las siguientes líneas buscan suscitar una reflexión sobre las cuestiones pendientes en materia ambiental antes que se defina quién va a ser el próximo ocupante del Palacio de las Garzas:
Al respecto, el papa Francisco nos dice en su encíclica Laudato Si (189): “La política no debe someterse a la economía y esta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. Hoy, pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana”.
Los miles de jóvenes que inundaron las calles y avenidas de la ciudad de Panamá hace seis meses no estaban pensando en la construcción de nuevas obras de infraestructura (puentes, ferrocarriles y represas) que han dominado históricamente la vida política panameña sino en un mejor futuro para ellos y para sus descendientes. En esto pienso que se ha complicado la lectura política actual que ha tratado de descifrar los mensajes de hoy utilizando claves del siglo XX. A ellos se unen las voces de los más pobres entre los pobres que también aspiran a un desarrollo desde su propia cosmovisión, y que están profundamente conscientes de que la oferta de los gobiernos postdictadura ha quedado en déficit.
A treinta y cinco años de la transición democrática, no solo se ha incrementado la deuda externa en Panamá ni ha podido superarse la deuda social a la que hiciera referencia el doctor Ricardo Arias Calderón a principios de la década de 1990, sino que se ha ahondado una nueva clase de deuda de carácter ambiental que amenaza la sostenibilidad del país, y que no se puede seguir ignorando, y de esta manera repitiendo los mismos errores. El nuevo gobierno que inicie su mandato el 1 de julio debe recordar que no está partiendo de cero, sino que hereda un balance negativo de ríos destruidos, bosques desaparecidos y desechos acumulados que reducirán su capacidad de maniobra ante las presiones sociales. ¡A ello deberán responder con prontitud, compromiso y humildad!